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Ante todo, el fin (Jorge Yarce)

A Diógenes el cínico, aquel que vagaba desnudo dentro de una tinaja por las calles de Atenas con una linterna en la mano buscando “un hombre” y no lo encontraba, un día le dio por abrir una tienda y le puso por nombre “Tienda de la sabiduría”. Uno de los ricos de aquella ciudad mandó a su criado con una moneda de oro para ver qué le vendía. Llegó allí a cumplir el encargo y Diógenes le entregó una tablilla con esta leyenda: “En todas las cosas, ante todo considera el fin”. Y aquél rico se sintió tan bien pagado que mandó colocar aquella frase en letras de oro en el dintel de la entrada de su casa.

Andaba bien orientado Diógenes, quien sostenía también que el bien soberano del hombre es la virtud y este es el fin al que hay que apuntar, el que puede darnos la buscada felicidad. Además, enseñaba que para lograr ese fin era necesario que el hombre se liberara de sus deseos. Una idea bien a la mano para plantearle a la sociedad consumista en la que vivimos ahogados por tantos deseos que a veces no sabemos qué escoger. Hasta el punto de que nuestra libertad se ve limitada por la inmensa superficie de las posibilidades de elegir. Mientras más aumentan las posibilidades de elegir más se restringe la libertad de decidir entre ellas.

El sabio, enseñaba el filósofo cínico, es aquel que reduce al máximo sus necesidades. Y un santo de nuestros días dice: “Aquél tiene más que necesita menos” (J. Escrivá). Nos perdemos entre las cosas y perdemos de vista el fin principal, aquello que puede hacernos felices. Llega un momento en que nos saciamos de las cosas y evitamos la elección o se apodera de nosotros la incertidumbre o la inseguridad. Elegimos y al momento nos arrepentimos y queremos echar atrás la elección pues cambiamos de parecer. Como el enfermo que tiene la fobia de lavarse las manos una y otra vez porque en realidad no se las ha lavado de verdad, no ha interiorizado el acto de lavarse así esté perfectamente limpio, porque no ha concluido la tarea. Son en realidad los deseos sin esperanza de que habla Dante en la Divina Comedia.

Si no apuntamos al fin, nos arrastramos. El hombre no está diseñado para esa posición, para reptar. Pero ese es el precio que paga cuando no busca primero el fin, lo que da sentido a su vida, y se enreda en los medios y los convierte en fines (dinero, poder, ciencia, placer…). El líder es precisamente quien ayuda a los demás a descubrir y a poner por obra que antes que todo, lo primero que hay que buscar son los fines, no los medios. Por eso el liderazgo trascendente porque va a los fines, más allá de los medios, hasta llegar al servicio a los otros.

“Lo importante no es vivir sino navegar” (Séneca), o sea tener un fin e ir hacia él. Parece que el lenguaje de los fines hubiera que reservarlo para los filósofos y no tuviera que ver con el vivir cotidiano, con el bagaje esencial de cada día. Si no sabemos para dónde vamos, no vale la pena ir a ninguna parte, todo da lo mismo, no hay cosas más importantes que otras, no vale la pena sacrificarse por un ideal grande, por un fin que sea superior a nosotros mismos. Entonces las conversaciones y las búsquedas de las personas derivan hacia lo superfluo, hacia lo banal, hacia la bagatela. Cae sobre nosotros lo que Jean Guitton denomina “el silencio sobre lo esencial”: mejor callar que hablar de cosas importantes y serias, mejor no molestar a nadie con conversaciones trascendentes, mejor no hablar del espíritu, de la conciencia, del alma, de la muerte o de Dios.

“Por motivos de paz o de caridad se honra lo esencial con el silencio…hay temas de los que no hay que hablar. De esta suerte el silencio sobre la muerte es para el ser pensante una condición para su seguridad y su vida. Pero llega un momento en que este silencio sobre lo esencial ya no puede ser observado sin lesionar el deber de sinceridad y de verdad, sin poner en peligro el núcleo mismo de lo esencial. Entonces se siente que ese tan vivo respeto del hombre por el hombre, llamado justamente “respeto humano” (y que aconseja callarse sobre las esencias), no puede ser guardado sin tener mala conciencia” (J.Guitton).

“El que calla otorga”, principio jurídico y de sentido común. Y callamos demasiado ante los atropellos a la verdad, al amor, a la fe, a la dignidad de las personas, al valor del matrimonio y la familia, a la lealtad a la palabra dada, a la integridad. Ahora no hay que luchar (aunque existen) contra los tiranos del poder (Hitler, Hussein y demás) sino “contra una multitud confusa, cuya arma de disuasión es el silencio. Estamos asediados por la radio, la pantalla de TV, el periódico, los medios de información…por una información incompleta, parcial que nunca lo dice todo. Y a menudo el silencio de la información es sobre lo insoportable, es decir, sobre lo esencial”

Hay que hablar del carácter espiritual de la persona humana que libremente se dirige a la búsqueda de sus fines y hablar de ellos claramente. Hay que decir que el ser humano tiene fines que superan lo material, lo puramente psicológico o emocional, incluso lo puramente intelectual. Nos hemos contentado con pensar que “el bien es lo que el hombre hace, la verdad lo que dice, y la belleza, lo que lleva puesto” (Thibon), pero eso es perder el verdadero horizonte. El ser humano no es lo que hace, ni lo que tiene, ni lo que piensa, ni lo que quiere, ni lo que siente: es lo que trasciende , lo que llega a ser en la donación a los otros. Y la educación es para trascender, para forjar la virtud, para expandir la libertad. Pero los centros escolares están dedicados al inglés, la informática, el deporte y el entretenimiento, amén de formar inteligencias, no ciudadanos de bien participativos y solidarios.

Ante todo el fin, nos recuerda Diógenes con la anécdota del comienzo. Habría que colocar ese letrero en la puerta de los hogares y de los centros educativos como una ayuda, un despertador de la conciencia que los lleve a romper el silencio sobre lo esencial y a articular la formación humana de los jóvenes sobre los valores y las virtudes.

No se trata de descuidar los valores materiales, la formación física o las destrezas deportivas, idiomáticas o informáticas. Pero hay que hablar del espíritu, del alma, del destino trascendente de la persona.

Los medios son importantes siempre que se dirijan al fin. Sino se dirigen al fin, les pasa como a las señales de tráfico de las carreteras que dicen donde hay que ir pero ellas nunca van. Estamos todos dedicados a repartirnos el botín de los medios, a poner la riqueza en primer lugar, y lo que estamos cosechando es una generación de desorientados, de gente floja, de débiles de carácter, de faltos de voluntad, de personas que vuelan como aves de corral en torno al placer, a la imagen, al quedar bien, al figurar, al éxito material.

Toca dar un giro copernicano: devolver el centro de las preocupaciones a las necesidades espirituales de la persona: necesidad del bien, necesidad de amar, necesidad de dar y de servir, necesidad de convivir y amar, necesidad de sembrar ilusiones y esperanzas, necesidad de aspirar a lo superior (“educación para lo superior”, ¡qué paradoja!). Hay que hacer que recuperemos la fuerza de los sueños, aprender y enseñar a soñar, a buscar lo intangible: “No se ve lo importante - dice el Principito al piloto-: Lo esencial es invisible a los ojos, sólo se ve con el corazón”.

Así se ilumina la vida, se trabaja con la mirada puesta en las estrellas, como los navegantes de todos los tiempos. Al que busca el fin primero que todo, se le pueden repetir otras palabras del principito al piloto en su despedida en el desierto al pie del avión reparado: “Tú tendrás estrellas como nadie las ha tenido... yo también miraré las estrellas …todas las estrellas me darán de beber”.

Simbolismos para buscar sin cesar, , pero buscar allí donde puede haber lo que verdaderamente nos llene, cumpla con nuestros fines como personas. Sólo así seremos fieles a la vida que henos recibo como un don que hay que devolver.