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Buscando un sentido a la vida (Jorge Yarce)

Escena segunda del acto segundo de la obra “Hernani” de Víctor Hugo: Don Carlos visita la tumba del emperador Carlomagno y exclama: “¡Carlomagno está aquí! ¡Haber sido tan grande como el mundo…y que todo quepa aquí…y ved el polvo que hace un emperador”! Todo esto nos dice que la grandeza de una vida, algo tremendamente espiritual, no puede reducirse en último término a una realidad física como es el montón de polvo encerrado en un sepulcro. La cita y la idea son de A. López Quintás (“El arte de pensar con rigor y vivir creativamente”).

Las realizaciones de una vida, famosa o no, no pueden reducirse a una simple realidad material. El espíritu reclama unos derechos sin los cuales el ser humano quedaría reducido a puro objeto, a polvo. Del mismo modo que una partitura de música no es un simple papel con unos signos musicales, sino que en manos del artista se convierte en la interpretación de una obra de arte, que le da sentido y vida. Lo uno nos indica un ámbito de vida y lo otro un objeto.

Los datos sueltos de una vida nos pueden parecer irrelevantes, dignos tal vez no haber sido vividos. Pero sólo el conjunto, la visión del curso vital, concluido o no, nos permite una idea justa, poner en la balanza no solo los significados aparentes de las realizaciones, lo que se ve en lo hecho, sino lo que revela el río escondido de las intenciones y de los logros en términos de espíritu. Lo que vale la pena buscar es la concordancia entre lo que pensamos, queremos y hacemos, ese hilo conductor que nos recuerda que no somos simplemente individuos sino personas en busca de realización, seres racionales y espirituales que quieren trascender en lo que nos permite no reducirnos a un cuerpo que acaba siendo polvo.

Ese contraste nos lo ofrece otro emperador, Adriano, en las Memorias escritas por Yourcenar, al confesarnos: “El paisaje de mis días parece estar compuesto, como las regiones montañosas, de materiales diversos amontonados sin orden alguno. Veo allí mi naturaleza, ya compleja, formada por partes iguales de instinto y de cultura. Aquí y allá afloran los granitos de lo inevitable: por doquier, los desmoronamientos del azar. Trato de recorrer nuevamente mi vida en busca de su plan, seguir una vena de plomo o de oro, o el fluir de un río subterráneo, pero este plan ficticio no es más que una ilusión óptica. De tiempo en tiempo, en un encuentro, un presagio, una serie definida de sucesos, me parece reconocer una fatalidad; pero demasiados caminos no llevan a ninguna parte…”

Por eso, de un lado, no debemos juzgar a nadie porque no tenemos todos los datos a la mano. Y de otro nos lo recuerda el mismo  Adriano, “una parte de cada vida y aún de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes”. Hay que buscar las fuentes, las raíces que nos devuelven el sentido si lo hemos perdido. Razones de ser que afloran cuando tratamos de traicionar lo más íntimo de nosotros mismos, en momentos de desesperación o de obstinación. Sin raíces no hay esperanzas, seríamos como aquél joven al que le pregunté un día en el Golden Gate Park de San Francisco: “Dónde está su familia?” y su respuesta aterradora: “Yo no tengo familia”,  soy un trashumante, no tengo hogar no tengo parientes”. “Y para dónde va usted?”, le dije, y contestó: ”no lo sé, para cualquier parte”.

Es muy parecido al diálogo de Alicia y el Gato, cuando ella le pregunta: “¿Podrás indicarme el camino a tomar?”- Y el gato le responde: “Eso depende del rumbo que quieras seguir”. Alicia: “No tengo rumbo”. El gato: “entonces da lo mismo cualquier camino” (Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll). O tenemos sentido o somos lo que los romanos llamaban “res derelicta”, cosa abandonada, tierra de nadie, y por lo tanto, cosa que arrastra cualquier viento y puede perderse definitivamente. Hay que buscar, encontrar y encarnar el sentido. Nadie nos puede reemplazar en esta tarea. Si no lo hacemos, somos “analfabetas de segundo grado” (López Quintás), no porque no sepamos leer y escribir sino porque no sabemos pensar. Otros lo hacen por nosotros, nos colonizan mentalmente. Basta mirar las televisiones de todo el mundo para observar el mismo gigantesco lavado cerebral  de erotismo, violencia y consumismo.

No podemos parar de buscar el sentido: “A veces andamos por la vida /como quien camina/sin un camino seguro/ Es como dar vueltas/ y regresar al/punto de la partida/ Todos los días empezamos/tantas cosas que se quedan /al final sin hacer/Pero nos cuesta aprender/ que no basta con /solo empezar/Ahí están solo las primeras/ piedras de nuestros sueños/que son caminos sin camino/Sentir la urgencia de /un motivo que nos lleve/a caminar de verdad”. Tenemos que convertir todas las situaciones en algo que nos supere, que nos lleve más allá, que nos saque de nosotros mismos y nos ponga cerca de los demás.

Hay que empezar por la idea que tenemos de nosotros mismos, por la intención decidida de construir el camino con nuestras propias pisadas, con nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, en coherencia de vida, con disciplina mental y emocional que nos lleve a recomenzar cada día. Porque lo más apasionante de la vida humana, decía Chesterton, es lo que no hemos vivido todavía. Tenía razón: lo que queda por vivir es aquello a lo que hay que ponerle todo el empeño, encontrarle sentido y darlo todo por  construir camino para llegar ahí. Pero con vocación de actores, de protagonistas, no de víctimas; de responsables, no de culpables; de resucitadores, no de enterradores; de luchadores por lo que tenemos, no de lamentadores de lo que hemos perdido en el pasado; de constructores a partir de lo que somos y no de lo que pudimos ser.