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De la emoción a la motivación (Jorge Yarce)

En “El laberinto de la afectividad” Enrique Rojas explica que ella es el conjunto de fenómenos subjetivos que producen una conmoción interior, o el modo como somos afectados interiormente por circunstancias que producen conmociones del estado de ánimo con manifestaciones físicas. Lo afectivo a veces se toma como sinónimo de emocional o de los sentimientos, pero estrictamente hablando hay que distinguir distintas formas de afectividad: las emociones, los sentimientos, las pasiones y las motivaciones.

La emoción es una agitación interior, consecuencia de influencias físicas o mentales. Se da en forma repentina y va siempre acompañada de sensaciones fisiológicas. Por ejemplo el miedo, la alegría, el pánico, el desagrado, la depresión, el enfado o enojo, el asco, la tristeza, la preocupación, la frustración o la agresividad. Unos negativos y otros psoitivos de muy diverso orden, impacto e intensidad. Su complejidad y variación hace difícil distinguirlas bien.

Se revelan normalmente en las expresiones faciales. En la emoción la persona se adapta a los estímulos que vienen de fuera o de ella. Las respuestas fisiológicas son inmediatas y son seguidas de reacciones que acercan o alejan de esos impactos precisamente porque esas tienen un componente mental que hace que el individuo trate de no dejarse controlar por el entorno sino al revés. Lo cual condiciona la duración de las emociones.

El sentimiento es menos palpable físicamente que la emoción. Los sentimientos son menos repentinos, más paulatinos, y más estables porque duran más tiempo. Son el cauce normal de lo afectivo y la forma habitual de vivirlo en la vida corriente. La emoción es más concreta y el sentimiento es más difuso, más difícil de precisar. La emoción es más biológica y sicológica, y el sentimiento más espiritual y social.

Los sentimientos están más cerca de la imaginación y del pensamiento que de la reacción fisiológica. Se presentan en una escala de vivencias que van de lo positivo a lo negativo: agradable-desagradable, placer-displacer, aceptación-rechazo, alegría-tristeza, tensión-relajación, angustia-desesperación, ansiedad-depresión, gozo-remordimiento, etc. Los sentimientos no son en sí buenos o malos, sino, más bien, positivos o negativos. Pero si miramos ese comportamiento a la luz de la ética, ésta ofrece una orientación moral de los sentimientos. El comportamiento de la persona no puede condicionarse al momento en que se da la emoción o se presenta el sentimiento. Es ella quien tiene que administrar la situación porque pueden volverse contra ella. Además, cuando los demás nos conocen, identifican bien la forma de reaccionar frente a determinadas situaciones o de expresar nuestros sentimientos. Todo ello va ligado al temperamento y al carácter.

En la emoción la respuesta tiende a ser reactiva, por la forma repentina como se presenta. En el sentimiento la respuesta es más activa. Pero aún así en la vida afectiva los estados de ánimo – emoción y sentimientos- tienen una condición pasiva. Es decir, el sujeto padece esas situaciones. Es difícil separar a veces uno de otro. Y más si se considera que están en permanente interrelación la corporalidad y la espiritualidad, lo sensitivo, lo intelectivo y lo voluntario. Además está de por medio la conciencia del sujeto que se da cuenta de lo que pasa y toma actitudes frente a ello. Hay sentimientos que engloban emociones y sentimientos o pasiones, que son muy reveladores de las implicaciones y los contrastes como sucede con la felicidad o el sufrimiento.

Según Scheler hay sentimientos inmotivados: sensoriales (“siento una opresión en el pecho como si fuera a pasarme algo) y vitales (estoy completamente agotado); motivados: síquicos (“estoy triste porque se murió mi madre”) y espirituales (“no puedo vivir sin hablar con alguien”). Hay unos más impulsivos y otros más reflexivos; unos más activos y otros más pasivos; unos más intelectuales y otros más relacionados con la voluntad. Su complejidad y variedad es enorme, pero es importante distinguir su identidad básica, lo que los diferencia, en oposición a los demás estados afectivos. El sentimiento puede ser causado por una emoción. Aunque ésta sea breve, si su carga es muy fuerte puede dar lugar a un sentimiento más estable en el tiempo. El amor, por ejemplo, puede nacer con base en una emoción sorpresiva (amor a primera vista) que toma cuerpo después del impacto emocional cuando la razón y la voluntad ayudan a la toma de conciencia sobre el fenómeno que se está desarrollando en la persona.

La pasión se distingue de la emoción y del sentimiento por tener la intensidad de la emoción y la vigencia temporal del sentimiento, produciendo una disminución de la vida intelectual a favor de la vida afectiva. La intensidad es característica de la pasión, sinónimo de ardor, de vehemencia, de inmoderación, de acaloramiento. También es clave en ella la pasividad, el carácter receptivo más que el carácter activo. Produce unas alteraciones intensas, perturbaciones del ánimo, aspecto en el cual conecta con la emoción: por ejemplo:, amor-odio, atracción sexual-apatía, deseo-aversión, audacia-temor esperanza-desesperación, ira o cólera-serenidad, fanatismo-tolerancia, alegría o gozo-tristeza resentimiento-perdón, extremismo-moderación, impaciencia-paciencia.

En la ira o cólera y en su reverso la serenidad se observa claramente el carácter perturbador de la pasión. En el caso del odio hay una profundidad mayor porque se desea algo malo a otra persona y todo se fragua interiormente, no en forma tan visible como en la ira. Hay pasiones en las que la respuesta es reactiva ante determinados acontecimientos o circunstancias. Por ejemplo en la ira. En otras como el deseo, la respuesta es activa, es decir, hay más iniciativa en cierto modo desde el sujeto. Hay pasiones que aparecen también como emociones o como sentimientos. Es decir, se pueden implicar entre sí los diferentes estados afectivos, pero la carga vivencial es distinta al mirarla desde lo propio de cada estado.

Podemos decir que la motivación es el impulso a la acción, el proceso que se da en la afectividad de la persona con base en los motivos de su actuación, que la impulsa vitalmente a realizarlos en la práctica. La carga intelectual de la motivación es muy fuerte, pero existe una carga emocional y al nivel del sentimiento que juega un papel importante: las motivaciones llevan a obrar a pesar de los estados de ánimo, pero estos y las emociones, los sentimientos y las pasiones, influyen en ellas. Es muy conocida la pirámide de Maslow sobre motivaciones con base a la jerarquía de necesidades de la persona (de las más básicas a las más elevadas): de seguridad (seguridad física, empleo, recursos, propiedad, familiar, moral), de afiliación (amistad, afecto, intimidad sexual), de reconocimiento (confianza, auto-reconocimiento, respeto, éxito), y de autorrealización (moralidad, creatividad, moralidad)

Según Pérez-López, hay motivaciones extrínsecas, que responden a necesidades materiales, del hacer o el tener, motivaciones intrínsecas, que responden a
necesidades interiores, del ser, como la satisfacción, el reconocimiento y el logro, y motivaciones trascendentes en las que la persona dirige su acción a otros, como ocurre en el amor y la amistad, en el servicio o en la participación: el objeto de su acción la lleva fuera de sí aunque repercute de nuevo en sí misma. La motivación conjuga dos aspectos: la espontaneidad (la experiencia propia, los conocimientos adquiridos) y racionalidad (conocimientos no experimentados, el pensamiento abstracto, la razón que mueve a la acción libremente).

Cuando se habla de afectividad considerada globalmente, no separada en cada una de las cuatro manifestaciones ya recordadas, es inevitable mirarla en relación con los demás, a quienes se les expresa el afecto. Es decir, conecta con lo social, con la apertura de la gente a los demás. Teniendo siempre presente la dificultad para distinguir los fenómenos entre sí y para tener una visión sobre algo que siendo de otro orden está siendo mirado racionalmente. Hay una superposición entre emociones, sentimientos, pasiones y motivaciones que está presente en la vida de las personas habitualmente. Es lo que Enrique Rojas llama el “laberinto de la afectividad” o José Antonio Marina el “laberinto sentimental”. Lo importante es, en la práctica, poder reconocer la orientación propia de cada uno de esos fenómenos para que la persona pueda encauzarlos adecuadamente.