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Dejar huella (Jorge Yarce)

A la hora de la verdad somos la huella que dejamos en la vida de los demás. Más exactamente, lo que dejamos sembrado en su corazón es la simiente que perdura, de la cual habrá cosecha para siempre. Es lo verdaderamente importante, tal vez lo único que debería concentrar toda nuestra atención.

Muchas veces nos desvivimos por quedar bien, por figurar o por alcanzar éxitos personales y perdemos de vista el horizonte, lo que va más allá de nosotros mismos, lo que nos lleva a dar verdadera trascendencia a nuestra vida, aquello que construimos en común y que exige desprendernos poco a poco de nuestro yo para estar a salvo en terreno ajeno. Eso se logra dejando a un lado el derecho a pensar en nosotros mismos para pensar predominantemente en los otros. Si lo hacemos, ocurre que cuando más avanzamos en la vida menos derecho tendremos al egoísmo.

El tiempo arrastra consigo muchas cosas que pensamos, equivocadamente, que durarán para siempre, al menos mientras vivimos, pero el paso implacable de los días nos muestra que no es así. Y si tenemos alguna duda, basta pensar en la muerte que se llevará todo menos lo que tengamos allá fuera, escondido en el alma de quienes amamos o a quienes servimos.

Amar es poder decir un tú y un nosotros llenos de sentido, y esa pluralidad es lo que da sentido al yo porque tiene más consistencia que el individuo solo. Decir “nosotros” llena el corazón y fortalece el alma ante los embates de la vida. Es el lugar donde aferrarse a la hora de las tempestades interiores. En la mitología, Cronos, el dios del tiempo es devorado por sus propios hijos. Nuestros trofeos se convierten en piezas de museo si están desvinculados de la entrega generosa.

“Alejandro, ¿dónde están tus tesoros?” dice la leyenda que le preguntaban al gran guerrero sus capitanes en el lecho de muerte; él callaba una y otra vez. Pero al final les respondió: “en los bolsillos de mis amigos”. La verdadera riqueza es la que procuramos para los otros, es lo mejor de nosotros que queda en ellos. No como fruto de una declaración sentida de amistad sino como resultado de pequeños ofrecimientos un día y otro.
No vivimos solos, ni nos salvamos o perdemos solos: hay un nexo radical con los otros que hay que descubrir y vivir. De lo contrario, quedamos literalmente abandonados en la vida, sin otro refugio que el yo que se convierte en el agujero de un topo: nos vamos metiendo en él cada vez más hondo huyendo de la luz, para finalmente encontrarnos ante un panorama desolador que nos dice que no tenemos más que nuestras cosas, nuestros caprichos, nuestros deseos e ilusiones.

Tal vez las cosas que despertaban nuestro interés o pasión, ya no lo despiertan; la sensualidad, que no descansa nunca, tampoco aguanta sin límite; la vanidad dura demasiado y parece que la entierran al día siguiente de desaparecer nosotros. Como esas fotografías desvaídas que el tiempo va borrando, la imagen que nos habíamos formado de nosotros mismos ya no es tan atractiva. Hay mucha gente más atractiva que nosotros, más consistente, mejor que nosotros. Y si no lo reconocemos, la única salida es no buscar la salida, sino meternos en el agujero del yo otra vez. Si, por el contrario, aceptamos que somos una vasija rota por muchos lados pero con unas buenas lañas que le permiten ser usada todavía, prestar algún servicio más, entonces hasta luciremos bien.

Tenemos que dejar huella, convertirnos en camino para los demás que, siguiendo nuestros pasos y nuestras marcas en sus corazones, llegarán de vuelta al nuestro. Si éste está hecho de entrega, en él habrá para todos sin medida por aquello que dice Agustín: “la medida del amor es amar sin medida”. Si amamos de verdad, el corazón no tendrá tiempo de ocuparse en sí mismo, y será capaz de ensanchar cada vez más su capacidad de acogida.

Hay que tratar de llevar el amor más allá del amor para que el amor no se encierre, no se concentre ni en la misma persona del mismo modo siempre, sino que la descubra en aventura permanente. Para que tampoco se agote en una busca efímera que tropieza con la indiferencia o la frialdad: tiene que ser un amor punta en lanza que rompe barreras, muros, frialdades, sequedades, abandonos, insensibilidades, costras de egoísmo, todo aquello que acumulan los corazones a través de los años como pasa en los casas donde existe un cuarto para guardar lo que no se usa en lugar de regalarlo o de quemarlo, para que no esté allí como testimonio de la capacidad humana de acumular cosas inútiles y como símbolo de las muchas cosas también inútiles que acumulamos en el alma (resentimientos, amarguras, pesares..).

¡Qué diferente cuando nuestro ser se expande y trata de conectar con otros corazones, de cuando nos replegamos sobre nosotros mismos! Agustín dice que el hombre “curvatum in seipso”, encorvado sobre sí mismo, es algo terrible. Eso que llegó a sentir en su propia vida cuando “roabar et cruciabar” se roía y se crucificaba buscando la felicidad fuera de sí y en realidad estaba dentro de él. Eso es encorvarse, cerrarse sobre sí mismo, que es una manera de morir, de convertir la existencia en una gusanera vital donde todo lo acaba devorando el insaciable yo.

O salimos de nosotros para llegar a los otros, o nos devoramos a nosotros mismos en la esterilidad del egoísmo. No hay otra manera, es la única tabla de salvación de la persona. La felicidad está allá fuera, no puede estar dentro porque quedaría encerrada en unos límites sobrecogedores. Parafraseando a un autor, la vida se queda vacía si no la llenas con alguna tarea peligrosa y emocionante. Y esa tarea no puede ser otra que el abrazo a los demás, que el encuentro personal, que el compartir, convivir, donar, servir, amar, perdonar, comprender, olvidar, caminar juntos abriendo el sendero de la vida. Es muy difícil soportar la vida sin contar que significamos algo para alguien.

Hay que dar sin esperar recompensa. Si condicionamos el don a la respuesta, podremos llevarnos un chasco tremendo: comprobar que con el tiempo aquellas personas de las que esperaríamos perpetuo agradecimiento por lo que hemos hecho por ellas, a la vuelta de pocos años a veces ni siquiera se recuerdan de nosotros. Como dolorosamente pasa con las fotografías de los seres amados, que primero ocupan un lugar distinguido en la sala principal de la casa y luego van bajando de categoría hasta acabar en el baúl de los recuerdos.

No es un problema de memoria, es una falta de amor, es un amor que se ha ido apagando con el paso del tiempo. La huella dejada en esos corazones no era una huella profunda. Simplemente la rutina del olvido la borró o dejó que otras huellas de cosas menos importantes se sobrepusieran. Los metales más preciosos son los que hay que limpiar con más cuidado. Si no, también la herrumbre los puede devorar.

Hay que estar preparados en la vida para los reveses profundos del corazón: “Si uno entrega a alguien toda la confianza de su juventud, toda la disposición al sacrificio de su edad madura y finalmente le regala lo máximo que un ser humano pueda dar a otro, si le regala toda su confianza ciega, sin condiciones, su confianza apasionada, y después se da cuenta de que el otro le es infiel y se comporta como un canalla, ¿tiene derecho a enfadarse, a exigir venganza?” (Márai, “El último encuentro”).

Está claro que esto se aprende sólo con vida vivida, no con vida leída o con conocimientos: la sabiduría práctica no viene de ahí, sólo de un corazón que ha amado y que ha sufrido los avatares del amor y está curado de los desamores. Tenemos que grabar muy bien con fuego en el alma que “Lo que se necesita para ser feliz, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado” (J.Escrivá). Es lección para recordar permanentemente, para insistir en que es un contrasentido que el corazón se enamore de sí mismo. Tiene que ir dirigido certeramente al otro, a hacer la vida con los demás.

Si amamos de verdad, no hay derecho a volver atrás, sólo hay derecho a seguir caminando hacia el futuro. Es muy duro no ser correspondido, pero es más duro todavía anidar amores que se perdieron, amores que no volverán nunca o amores imposibles. Hay que avanzar desprendidamente de lo que somos o tenemos, queriendo querer a través de todo, sni anclarnos en lo querido, que tiene que ser puente, eslabón o estrella.

Huellas en el alma, huellas en el corazón, huellas en la memoria inteligente, huellas que señalan un camino que se puede seguir, que se puede andar o desandar pero que se puede transitar siempre en busca de felicidad. Así deberíamos vivir siempre, con la alegría de dar, de esperar, de corresponder aunque no tengamos respuesta, de seguir buscando donde puede haber, donde puede sembrarse, donde puede sentirse que vale la pena vivir para muchos, para poder vivir para alguien.