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El libreto que nos convierte en autómatas (Jorge Yarce)

Hay personas que consumen su vida interpretando un libreto de teatro al pie de la letra, aunque no sea escrito por ellas. Lo escribieron otros y se han acostumbrado a seguirlo como autómatas, incluso creyendo que son libres, aunque a la hora de la verdad viven en un engaño permanente. Cuando se les pide apartarse del libreto, o se les hace ver que no han vivido su vida, se resisten a recomenzar por sí mismos, a recuperar la libertad perdida. Prefieren seguir siendo marionetas de una fatalidad a la que ellos mismos le abrieron la puerta y se apoderó de sus vidas.

El libreto arranca en el embarazo de la madre. A esa criatura ,que no ha abierto la boca, de un modo amoroso se le empieza a diseñar su futuro. Deseos, sueños, ilusiones, todo son cosas buenas para ella, pero la dosis de programación es demasiado absorbente. Los padres fabrican la novela y empiezan a escribir el libreto. Los problemas surgen más adelante cuando los hijos, ya conscientes, descubren que detrás de su modo de vida hay una falsilla sobre la que tienen forzosamente que escribir su vida: condición social,  estilo de vida, medios económicos, relaciones previstas. En realidad no es su vida, es la vida diseñada por los padres. Hay quienes no lo descubren nunca. Otros lo descubren tarde. Y otros más que, cuando lo descubren, se resisten a creer que sea cierto y prefieren seguir así o, realmente, no son capaces de vivir su vida porque no saben cómo es eso.

Hay padres y madres sobreprotectores que no les enseñan a los hijos a vivir su propia vida, sino que les imponen su visión, el modo como ellos quieren que sean felices. En lugar de enseñarles a pescar, les dan el pescado todos los días; en lugar de enseñarles a navegar, los mantienen dentro de su barco y les dicen a cada momento los pasos que deben dar. Incluso ni la independencia física de los hijos, el hecho de que ya no vivan en casa,  los convence de su tremenda equivocación, y siguen queriendo gobernar sus vidas. Para ellos son siempre el niño o la niña que hay que proteger y a la que hay que evitar que se aparte del camino de los padres, quienes terminan creyendo que su novela está siendo realidad cuando de verdad son solo prisioneros de un libreto irreal.

Hay padres, por ejemplo, que tuvieron fracasos económicos en su vida y no quieren que los hijos pasen por lo mismo y se dedican a criarlos en la abundancia de medios materiales para que  los hijos no sufran ninguna carencia. Se preocupan más de educarlos para el gasto que para el ahorro. Cosechan hijos caprichosos, apegados a las cosas, que no saben vivir con menos de lo que tienen, que no piensan en otra cosa que en escalar posiciones económicas y sociales, a ejemplo de sus padres. “Mi problema”, me decía una joven llorando, “es que mis padres me lo han dado todo y yo no sé buscar nada por mí misma”.

Lo hijos terminan pareciéndose a los padres no en lo bueno, sino en que no se apartan del libreto. Marai lo describe así es una de sus obras: reina en torno a ellos un orden social absolutamente estricto; incluso su diversión, sus inclinaciones y sus vidas amorosas se desarrollan según un orden. Saben por adelantado a qué hora deben vestirse, desayunar, trabajar, amar, divertirse y dedicarse a la cultura. Están rodeados de un orden maníaco. Y en ese orden descomunal, poco a poco se va congelando la vida a su alrededor… Todo se vuelve importante, se concentran en cada detalle, pero pierden de vista el conjunto, la vida misma”.

Con el paso de los años surgen hijos inseguros y temerosos, a pesar de que antes les rodeaba la seguridad. Además, huyen del dolor y del sacrificio. Porque la vida pasa, tarde o temprano, la cuenta y hay que pagarla inexorablemente, hay que rendirse cuentas a sí mismo y también a los otros; hay que dejar a un lado el libreto de  los padres para escribir el propio.