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Equilibrio cabeza-corazón (Jorge Yarce)

Decimos cabeza y con ello inteligencia, entendimiento, conocimiento, razón. Decimos corazón y con ello querer, afectividad, sentimiento, inteligencia emocional, término más contemporáneo con el que trata de significarse el pensamiento no racional, íntimamente vinculado al mundo afectivo de la persona (emociones, pasiones, sentimientos, motivaciones). Equivale a decir con Pascal “El corazón tiene razones que la razón no conoce”.

El corazón es el símbolo y como el centro de la vida afectiva, que tiene una influencia determinante en la personalidad. Habitualmente hemos dado quizás más  importancia a la inteligencia y a la voluntad, lo cual nos ha llevado a una visión demasiado racionalista de la vida. En la educación, por ejemplo, se ha concedido prelación a la inteligencia, a lo abstracto a los conocimientos, a lo cognoscitivo, a lo  académico, por sobre lo emocional y lo afectivo  creyendo que esto último es de segunda categoría y muchas veces hasta un riesgo para la persona, que puede dejarse llevar por sus sentimientos más que por su racionalidad.

El corazón –afirma Von Hindelbrand- nos hace ver que la experiencia de la felicidad es afectiva, algo tan importante como el entendimiento o la voluntad. En casos como el dolor esto se revela patentemente. Vivimos y sentimos el dolor en una medida profunda gracias a la afectividad. La felicidad no es solo pensada, sino deseada, sentida, pues sus raíces penetran en el corazón, son profundamente afectivas. Si se separan la cabeza y el corazón tendríamos una felicidad fría, seca, sin sentimientos, o por  otro lado, sin razones, reducida a sentimentalismos. Es lo que llamamos dureza de corazón, cuando la afectividad está oscurecida por el orgullo o por la frialdad, por la ambición o la codicia. Incluso así es más fácil que el corazón reviente y se vaya a los extremos emocionales o apasionados que sacan a la persona de sí misma, la trastornan. Es el corazón que se vuelve tiránico y despiadado con los demás o que no se acepta a sí mismo. No sabe gobernarse por la inteligencia y la voluntad, y fácilmente cae en la injusticia en el trato con los demás.

“Un corazón desorientado es una fábrica de fantasmas” (San Agustín). Cuando eso pasa, la persona pierde el norte y se atrinchera en sí misma, se vuelve enemiga de la vida social, fría de corazón, que es lo mismo que volverse egoísta: se esconden en su propio corazón. La persona no puede ostentar aparentes o falsos sentimientos, ni atrincherarse en un egoísmo irritable. Como tampoco puede confundir en su búsqueda el deseo de algo con la realidad del mismo, lo que llamamos “pensar con el deseo”.

Lo contrario al corazón egoísta es el corazón grande, un corazón generoso, abierto a los demás, que no se deja llevar por simples reacciones, ni por emociones o apasionamientos pasajeros, un corazón que puede hacer caso a estas palabras de Susanna Tamaro: “Cuando frente a ti se abran muchos caminos y no sepas cuál tomar, no elijas uno al azar, siéntate y espera. Respira con la profundidad confiada con que respiraste el día en que viniste al mundo; sin dejarte distraer por nada, espera y vuelve a esperar. Quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón. Cuando te hable, levántate y marcha hacia donde él te lleve.”

Tan decisivo es el corazón que en el Evangelio Cristo dice: “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. Aunque quisiéramos, no nos es posible  prescindir de él. El corazón lo palpamos en sensaciones muy físicas, que afectan el cuerpo, como el cansancio o el dolor físico, hasta en sensaciones que tienen un mayor contenido espiritual como puede ser el buen humor, el entusiasmo o la depresión, en los que no necesariamente están implicados procesos corporales. A veces éstos son fruto de una determinada situación espiritual que produce reacciones corporales (el miedo ante el peligro interior o ante la propia vulnerabilidad).

En la medida en que somos conscientes de lo que sentimos o padecemos con repercusión externa evidente, podemos ejercer un cierto control sobre ello. Pero también puede ocurrir que las sensaciones físicas se vivan inconscientemente, como en el caso de las pasiones (ira, odio, envidia, dolor, codicia, poder, adicción, amor) que pueden llegar a dominarnos, a arrastrarnos sin control, desbordadas, rompiendo el equilibrio cabeza-corazón.

El corazón humano tiene un impulso natural de amar y de dar. No se le puede refrenar con falsas razones por pensar que va a ser objeto del desborde emocional o pasional. No ocurrirá esto si se mantiene el equilibrio con la razón que hace ver más claramente el valor de la donación, de la entrega por encima de la posesión egoísta. En la relación interpersonal, en la amistad o en el amor, por ejemplo, lo que se busca es llegar al corazón de la otra persona, a compartir su querer. En el fondo lo que se comparte es el alma, y eso se da si en la experiencia afectiva se comparten valores: cada uno da al otro lo mejor de sí mismo. Y damos a conocer nuestro verdadero yo (incluso con sus emociones y pasiones que pueden afectar a la otra persona) en la medida en que damos a conocer nuestro corazón.