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La escuela del dolor (Jorge Yarce)

Basta mirar cada día a nuestro alrededor con ojo atento para percibir la presencia permanente del dolor en la vida. No sólo los pequeñas molestias físicas o psicológicas, que no nos dejan olvidar la fragilidad de nuestro ser, sino las punzadas más o menos patentes del dolor moral que llega a través de acontecimientos rutinarios o de situaciones extraordinarias que traen, a veces, dolores devastadores. Sentimos que no son del cuerpo, los sentidos o incluso algo interior lo que nos duele, sino que lo que nos duele en realidad es el alma, nuestro mismo ser.

A cierta edad cuando se va a un chequeo médico de rutina los médicos ponen en el formulario “causa: enfermedad general”, es decir, cualquier cosa puede estar mal. Y eso pasa con el dolor: está ahí agazapado y puede salir de su madriguera en cualquier momento y lanzar el zarpazo. No lo podemos prever ni evitar sino afrontar. Es en cierto modo un misterio, algo escondido en lo profundo, que no podemos aclarar del todo. Puede ser aniquilador o salvador. ¿De qué depende?. Parece que no sólo de su intensidad, de su duración o del tipo de dolor.

El dolor físico llega a ciertos umbrales que pueden hacer imposible soportarlo y pueden apagar la capacidad psicológica de respuesta. En esos casos el dolor invade y anega el espíritu. Ahí se pone a prueba la fortaleza de la persona de forma inusitada. La única salida digna es intentar asumirlo, interiorizarlo para poder contrarrestar su fuerza destructora. Es buscar algo donde agarrarse en medio del naufragio de los sentidos o del desgarre interior.

Sufrir a secas es insuficiente, y el impacto del dolor se vuelve lacerante y a veces desesperante. La luz de esperanza en el túnel del dolor viene de fuera, de los otros que pueden compartir el dolor, ayudar a sobrellevarlo. Viendo el dolor de los otros entendemos mejor nuestro dolor, lo reconocemos como algo familiar. Este es el verdadero sentido de la compasión: compartir el padecimiento del otro, ayudarle a llevar su carga, aliviando el peso del sufrimiento.

No podemos cerrar la puerta al dolor porque cerraríamos la puerta a la vida, dejaríamos de experimentar el aprendizaje más profundo y necesario, el de la escuela del dolor. Sin ella no comprendemos el verdadero sentido de la vida. Sólo personalizando el dolor, asumiéndolo en la categoría de la existencia, de la vida vivida y biográfica. Del temor ante el dolor hay que pasar a buscar su sentido último: “dentro del dolor está la verdad como el agua en la entraña viva de la roca” (Ricardo León).

Si el dolor se asume, se sublima, hay un cambio profundo porque la persona lo convierte en un medio para alcanzar la felicidad, que pareciera que estuviese en un lado diametralmente opuesto al dolor. Como si no se debiera emplear la palabra dolor al lado de la palabra felicidad. Y resulta que el dolor no es un obstáculo para la felicidad sino, muchas veces, una camino para llegar a ella a través de la purificación del alma en el crisol del dolor.

En la cultura griega se vivía el dolor como ascesis, como lucha, esa palabra que en el cristianismo tiene un sentido tan peculiar, profundamente espiritual. Los griegos vivía el drama del dolor que culmina en la tragedia donde todo acaba mal. La gente iba al teatro a purificarse, a comprender la vida, a entender lo que podía llegar a padecer la existencia humana y aprender la lección para afrontarla. La comedia era otra cosa, era darle la vuelta al asunto y reírse aunque a veces allí estaba la mueca escondida del drama o de la tragedia. Y si no, la vida se encargaba de ponerla de presente.

Para los cristianos el dolor no tiene sentido trágico sino solamente dramático. Y adquiere ese sentido en el drama más patético que se puede concebir: Dios que se hace hombre y acaba colgado en el patíbulo de la cruz, y al morir ahí le quita el sentido trágico al dolor y lo convierte en camino de salvación. “Quien no quiere sufrir dolores, que esté libre de amores”, dice el canto español antiguo. O sea la cruz de Cristo es camino para encontrar el sentido del amor a los demás. A partir de la cruz no hay dolor humano que no se entienda. Por eso dice el texto bíblico que Cristo era un retablo de dolores: ¡es cuestión de mirar y escoger con cuál nos quedamos! Cualquiera de ellos salva, redime.

A partir de ahí el dolor perdió su carga tenebrosa y destructora para convertirse en escuela de vida: se aprende a morir para poder vivir de verdad. Hace falta que nuestra vida pase por la fragua en la que el dolor se pone al rojo vivo para poder moldearlo, sacar una figura digna de respeto y comprensión. Pero hay que tener un punto de referencia claro, una clave de interpretación, y esa clave tiene forma de cruz: es el signo – que se corta con una línea vertical y se forma este otro + que significa cruz y suma a la vez. El dolor si no es cruz, no suma.

El dolor está unido al amor: “Si en amores estoy ducho/es por fuerza del dolor/que no hay amante mejor/que aquel que ha sufrido mucho” canta el juglar antiguo. Nos recuerda cómo el amor puede enriquecer el dolor, penetrarlo de una significación distinta. Es experiencia de vida, es escuela de aprendizaje de lo esencial. El dolor es humano, no inhumano como quisieran defender algunos. Lo dicen por miedo al dolor.

El dolor llega temprano o tarde, pero llega. A esa cita nadie puede escapar. Y si se intenta escapar se encontrará cuando menos piense con el ataque por sorpresa del dolor convertido en sufrimiento que amenaza. No podemos evitarlo. Ni mucho menos atacar a Dios por permitirlo. Entre otras cosas porque se equivocan quienes piensan que la tierra es un paraíso sin dolor. Basta echar una mirada al mundo para comprobar que dista mucho de ser eso.

A través del dolor descubrimos que la vida humana es agónica, es pelea y lucha para triunfar sobre el dolor, para no dejarse dominar por él, incluso porque la palabra lucha tiene que ver con la palabra agonía: el ser humano agoniza sino hace de su vida una pelea en la arena del dolor, de la purificación, de la entrega, de la renuncia. Con el dolor hay entablar combate en el que no debemos dejarnos arrastrar por los signos y la presencia agresiva del sufrimiento interior o exterior, físico o moral.

Además, el dolor llega con la adversidad, a la que le abrimos muchas veces voluntariamente la puerta y ella entra a saco y esgrime las garras del dolor, cuando creíamos que le abríamos la puerta a la felicidad. Nos equivocamos de invitado y acabamos arrepentidos de abrir esa puerta tan irresponsablemente.

“Cómo me duele/que te duela tanto/mi dolor/cómo me duele/que mi dolor / sea tu dolor/cómo me ayuda/ tu dolor a/ entender mi dolor/dolor que invade/las fuerzas/del corazón/ dolor que estimulas/mis ganas de soñar/con el amor/dolor que acabará/por abrir las puertas/ a la esperanza/dolor capaz de superar el tiempo tras la felicidad”.

El corazón trata de expresar las vetas escondidas en el dolor que compartimos pero no encuentra explicaciones suficientes a los caminos que a veces escoge el dolor para deambular por la vida humana. O también pasa que hay dolores que nos los inventamos, que los hemos creado con el orgullo, con la vanidad, con el centrarnos en nosotros mismos.

La alianza que puede salvar al hombre, y blindarlo contra el poder destructor del dolor es una alianza del dolor con el amor. Se nos ha prometido desde lo alto que el amor es más fuerte que la muerte, que ya es mucho decir porque la muerte en cierta medida es el dolor supremo de separarnos del cuerpo mortal, de despojarnos de un amigo que a veces se convierte en nuestro peor enemigo.

La adversidad pasa de enemigo a amigo si aprobamos la asignatura del dolor; las contrariedades de la vida, del tamaño que sean, de causa de sufrimiento pasan a ser dolores asumidos interiormente para salir adelante; y la muerte, de terrible amenaza se convierte en una amiga, en palabras del santo: “bienvenida nuestra hermana la muerte”. O sea, que en la vida hay que tener “alegría para vivir y para morir”, así sea ese nuestro último gesto visible.