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La locura del activismo (Jorge Yarce)

Tal vez hemos visto cómo trabajan esas inmensas máquinas trituradoras con palancas gigantescas que recogen todo a su paso, lo engullen en su vientre y de ahí sale otra cosa distinta a la que entró. Algo de eso ocurre con el ritmo de vida de mucha gente hoy, lo más parecido a una trituradora que convierte en una pasta o masa informe, que a lo sumo sirve como insumo reciclado para un nuevo proceso de cosas que a la larga irán a parar de nuevo a la trituradora.

A la inmensa mayoría se le va la vida haciendo cosas, sin mucho tiempo para pensar ni mucho tiempo para disfrutarla de verdad. Se levantan cuando no ha salido el sol y salen corriendo a tomar el medio de transporte que les lleva al sitio de trabajo y tardan en llegar allí una o dos horas, sobre todo en las grandes ciudades. Se entregan a su oficio durante otras ocho o diez horas, con la consabida interrupción para comer.  Y al final de la tarde, quizás comparten unos minutos con los hijos, si están despiertos, y luego se dedican a vencer el cansancio con el sueño. Y al otro dí volver a comenzar y hacer exactamente lo mismo.

No hay mucho tiempo para conversar en familia, para conocerse y tratarse. Ni para conocer y tratar a los amigos. Algunos se meten horas enteras en un bar, a gastarse la paga de la semana mientras sus hijos se quedan solos en la casa esperando a un padre o a una madre que llegan en estado de inutilidad. Otros se meten en un gimnasio a hacer ejercicio al son de la música, en sitios muchas veces contaminados, y recogen con una mano lo que siembran con la otra.

Todos viven en una especie de anonimato colectivo; haciendo cosas pero olvidándose de lo fundamental: la intimidad personal, el cultivo del espíritu, la riqueza de la amistad, el servicio a los demás, la vida interior; allí no llega la trituradora, es nuestro reducto. Tiempo para leer, tiempo para reflexionar, tiempo para conversar, tiempo para crear, tiempo para hacer descubrimientos en la personalidad de los hijos, de los amigos, de los vecinos. Pero todo esto requiere distanciarse del activismo frenético, de  “la locura de hacer y de moverse” que parece que nos dominara a toda hora.

Vida interior no es  algo raro o aislarse de la gente u olvidarse de gozar lo mejor de la vida: es meterse dentro y explotar la riqueza de nuestra intimidad para poder explotar la riqueza de los demás, sobre todo de los que están más cerca. Es la única forma de evitar que se forme un tejido de cosas inevitables, de rutinas despersonalizantes que la trituradora asorbe por completo.

Nos damos cuenta de que la vida se nos va haciendo muchas cosas, pero no haciendo lo fundamental: vivir serenamente, ordenadamente, centrados en lo principal, controlando nuestro tiempo y nuestras actividades, nuestras relaciones, nuestras ocupaciones, no dejándonos controlar por ellas. Lo más importante es ser persona y vivir como persona, ser familia y vivir como familia, ser parte de una comunidad y vivir en ella con sentido de pertenencia, creciendo interiormente.

Tener amigos y disfrutar con ellos, contemplar las maravillas de la naturaleza, así sea el pequeño parque del barrio. Todo eso para la mayoría no constituye prioridad alguna. Las prioridades son comer, dormir, transportarse, trabajar, moverse de un lado para otro, en una especie de huida hacia adelante, que se empecina en dedicar tiempo a lo trivial en detrimento de lo más importante, la calidad de vida que nos permite ser verdaderamente libres.