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La voz de la conciencia siempre se hace oír (Jorge Yarce)

Ante la posibilidad de escapar de la muerte,  Sócrates responde que nó, porque hay “razones que resuenan dentro de mi alma” haciéndole insensible a esa invitación. Él sigue la voz de su conciencia, el dictamen de su razón dirigida a lo mejor para sí, que lo lleva a cumplir la condena injusta que le han impuesto. La voz de la conciencia nos dice que no todo lo que se puede hacer se debe hacer. O mejor, que todo lo que se debe hacer, se puede hacer. Esa voz es una voz interior, una exigencia que expresamos cuando perentoriamente declaramos: “me lo exige mi conciencia”.

La dignidad de la conciencia y el respeto a la libertad de conciencia son fundamentales, es un derecho humano no condicionado por nadie. Lo que habla dentro de nosotros no es sólo la propia voz, lo que pensamos como bueno o malo para nosotros, sino algo que es bueno para todos, lo cual nos dice a veces cosas que contrarían, que captamos o sentimos, aunque a veces no las queramos.

Eso da lugar a convicciones profundas, arraigadas en nosotros mismos, como una brújula mental-emocional que nos indica lo que debemos hacer, que nos advierte que podemos errar si nos apartamos de lo que debemos hacer conforme a nuestros fines. Pero esas convicciones personales no permiten creer que cada uno decide lo que es bueno para sí, porque pueda escogerlo al margen de su condición de persona. La voz de la conciencia a veces no nos dicta lo correcto por ignorancia,  falta de formación u olvido de la radical orientación a hacer el bien y evitar el mal, que se oscurece y obnubila, pero que sigue ahí latente en la conciencia.

Las señales de alerta que emite la conciencia no son sólo de carácter racional. En ella se involucran también la voluntad y lo que llamamos inteligencia emocional. A veces no hacemos lo que queremos o lo que vemos que nos hace bien, sino lo contrario, porque lo deseamos o porque una pasión nos arrastra hacia eso. La conciencia moral normalmente es una fuerza orientadora de la persona a su fin, y facilita criterios de discernimiento para saber lo que está bien y lo que está mal, como una especie de norma o regla inmediata que nos lleva a decidir en uno u otro sentido la carga moral de nuestras acciones.

Para que efectivamente sea el motor dinámico de las acciones humanas, la conciencia tiene que apoyarse en los principios y normas que ella capta y en la determinación libre al actuar sin coacciones. Sólo así puede existir el compromiso personal, sólo así puedo demostrar que efectivamente mis principios o mis valores éticos tienen una vigencia y  operatividad, o que las normas, códigos o acuerdos éticos no son letra impuesta o vacía, sino algo que necesita una brújula a la hora de la acción y esa brújula es la conciencia, guía orientadora de la conducta.

La voz de la conciencia no depende de los demás ni de lo que piense la mayoría. Sus decisiones afectan ante todo a la persona misma. El que roba, defrauda, miente o asesina,  lógicamente está ultrajando a un tercero, pero se perjudica  profundamente a sí mismo. Por eso, ante la conciencia la persona es autor, juez y víctima. Pero, a su vez, sólo una conciencia cierta, ilustrada, formada, y recta –, es decir,  que lleva a hacer efectivamente el bien y a evitar el mal- puede ser la facilitadora para el logro de la  felicidad.