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Las herdias mentales (Jorge Yarce)

En la famosa tragedia de Shakespeare, Macbeth acaba de asesinar a su amigo Duncan y tiene las manos teñidas de sangre. Su esposa le insiste en que se las lave rápidamente para borrar ese sucio testimonio, pero él le dice: “¿Todo el océano inmenso de Neptuno, podría lavar esta sangre de mis manos?–¡No! Más bien mis manos colorearían la multitudinosa mar volviendo rojo lo verde”. El asesinato lo hirió mentalmente y esa es la trama trágica.

Así son las heridas mentales: marcan la vida, están en el cerebro y ahí suelen quedarse después de pasar por el corazón; muchas veces son imborrables, son para siempre. Están ahí sin sede física porque son cosas del alma que resultan difíciles de cicatrizar, e incluso hay unas que no se cierran nunca. En ocasiones parece que logramos olvidarlas, pero cuando menos se piensa, surgen como si se tratase de la erupción de un volcán interior que sacude nuestro ser por completo. Cuando creíamos que estaban ya cerradas, se abren dolorosamente con el impacto que tuvieron el primer día.

Somos expertos en causarlas en los demás, a veces sin darnos cuenta de la profundidad del daño: “para mí no existes”, “eres lo peor que yo he visto”, “eso no te lo perdonaré nunca”, “me arrepiento de haberte conocido”… Heridas de todos los calibres y profundidades posibles. A veces las cusamos sin palabras, simplemente con la indiferencia, con el resentimiento, con el silencio o con el olvido. Las utilizamos como el puñal de Macbeth: “¿no eres sino un puñal del pensamiento, falsa creación de un cerebro delirante?”; lo que está viendo él no es precisamente el puñal físico sino el desgarre interior por el crimen que ha cometido.

El corazón se encarga de multiplicar los efectos de esas herida y nos damos cuenta de que eso empeora nuestro ánimo porque perdemos fuerzas y aflojamos la resistencia. Se conectan entre sí esas heridas como un sistema de vasos comunicantes. El recuerdo las alimenta. No sangran ni duelen pero están ahí condicionando en gran parte nuestra libertad interior, hasta limitándonos intelectualmente porque ocupan un espacio que debería ser para cosas que nos hicieran crecer.

Sus causas son variadas: el odio, el desamor, el abandono, los descuidos del corazón, cuando los demás nos necesitan y somos indiferentes a lo que les pasa o simplemente no los aceptamos como son. Esas heridas quitan la paz y muchas veces hasta el sueño: Macbeth oye una voz que le dice: “No dormirás más…has asesinado el sueño”. Ahí está la justa proporción entre causar la herida mental y padecer consecuencias físicas derivadas de la tortura interior. El que la causa está destinado a sufrir más que el que la padece.

Es posible que nos vayamos a la tumba con algunas de esas heridas abiertas en nosotros. Tampoco debe extrañarnos que no siempre nos las causan los demás. Nosotros mismos somos capaces de causarnos heridas incurables. Nos torturamos con lo que somos o con lo que no somos, con el pasado, con nuestros defectos o con nuestro modo de ser. Porque no nos aceptamos, ni aceptamos la vida vivida, o porque pensamos más en lo malo que hemos hecho que en lo bueno. Esto nos salva.

Macbeth asesina al rey y ese crimen dominará su vida porque encierra un mal moral que no hay nada en él que pueda hacerlo volver atrás, porque no hay asomo de arrepentimiento. Cuando odiamos a alguien, por ejemplo, lo matamos en nosotros mismos y lo separamos de nosotros, a pesar de que estamos hechos para convivir, para ayudarnos unos a otros. Odiando actuamos contra la naturaleza y el precio de esa traición suele ser muy alto.

A pesar de que externamente guardemos las apariencias, la herida mental puede conducirnos a la desesperación, sobre todo cuando a la par el corazón no deja que sane la herida. Es paradójico que haya ciertas heridas que convenga tener abiertas para no perder el sentido de las cosas, para conservar la memoria del papel de la vida de otra persona en nuestra vida, por ejemplo, cuando perdemos un ser amado. Puede ser bueno que el dolor permanezca siempre para ayudarnos a no olvidar, a guardar la lección que representa en nosotros la entrega de otras personas de la cual nos hemos beneficiado. La tristeza inicial se torna en aliciente para seguir viviendo. Aquello que dice San Agustín en sus Confesiones acerca del dilema que le causaba la muerte del amigo íntimo : “me causaba horror la vida, porque no quería vivir a medias, y al mismo tiempo, temía mucho morir, para que no muriese del todo aquel a quien había amado tanto”. O o sea, el dolor permanecerá siempre porque es una manera de mantener vivo el amor a la otra persona.

Hay heridas del corazón que se curan mientras las de la mente permanecen. Por ejemplo, creemos que hemos perdonado a alguien, o al menos esa es la intención, pero persiste en la mente algo ahí enraizado, que a la hora de la verdad hace que perdonemos pero no olvidemos y, por tanto, en el fondo no hemos perdonado de verdad. Son mortales en el sentido de que, además de tender a acabar con la presencia de los demás en nuestra vida, se vuelven contra nosotros.
Son como una especie de cáncer que nos va consumiendo porque contaminan la mente y desde ahí se meten en la visión de la vida, en los sentimientos, en la manera juzgar las cosas. O encontramos alguna salida o nos volvemos locos, cuando se pierde el sentido como le ocurrió a Macbeth. Mientras su esposa cree que “un poco de agua nos lavará de esta acción” Macbeth sabe perfectamente que no es así, que no puede ser así: “!Conocer mi acción! ¡Mejor quisiera no conocerme a mí mismo!”.

La mejor forma de sanar las heridas mentales es perdonar, comprender y disculpar a los demás, es perdonarnos, comprendernos y disculparnos a nosotros mismos. Esto es un lenitivo, una cura para esas heridas, algo que suaviza el dolor que causan . Es como si intentáramos volver a empezar la vida, como si pudiéramos recordar el día que vinimos al mundo. Ese bálsamo purifica el sentimiento, evita que la pasión se desencadene y nos motiva a luchar.
También la curación puede llegar de fuera cuando airemos el corazón y la mente con pensamientos y sentimientos positivos, o cuando ponemos las cosas en manos de Dios, que todo lo puede. En cambio nosotros no podemos todo lo que queremos porque somos seres limitados, y el mapa de las heridas mentales es laberíntico. Ahí no es fácil llegar y ver con claridad, como ocurre con una herida en el cuerpo. Hay algo de enigma, algo que escapa a nuestra capacidad normal de comprensión. Por eso cuando acudimos a alguien a quien e confiamos nuestra vulnerabilidad (capacidad de ser heridos) hay un posible camino de curación. No se logra de un día para otro, ni hay fórmulas de ningún tipo para encontrar la salida del laberinto. Sólo el corazón cura las heridas de la mente.

“La sombría noche apaga la lámpara viajera” dice uno de los personajes de la tragedia de Macbeth. “Vertí el odio en el vaso de mi paz” confiesa éste, como explicando el por qué de esa oscuridad. Es lo que había dicho Sócrates siglos atrás resolviendo el dilema puesto a sus discípulos: “es peor causar una injusticia que padecerla”. El encadenamiento de las heridas mentales es como la celda de una cárcel dentro del cerebro: ”Ahora los muertos resucitan con veinte heridas mortales en la cabeza…y esto es más extraño que el crimen mismo”, añade Macbeth.

Al final, la alegría paga los platos rotos. El alma la frena dentro de sí porque faltan las razones que la hacen posible. Hemos entrado en combate mortal con la vida misma. Son esas “maldiciones profundas, murmullos que el corazón quisiera reprimir y no se atreve a rehusar”, dice Macbeth. Todo eso va acelerando lo inevitable: “todos nuestros ayeres han alumbrado a los locos el camino hacia el polvo de la muerte” que llega para Macbeth y su esposa al acabar la tragedia. Las heridas mentales pueden ser trágicas cuando conducen al derrumbe de nuestro ser. O simplemente dramáticas, es decir que no necesariamente nos llevan a acabar mal, porque estamos en busca de una sanación que sólo puede hacerse en el alma y así tratar de contrarrestar el peso del mal que esas heridas nos causan.