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Trump versus el cuarto poder

EL fenómeno Trump marca un punto importante en la condfrontación con el cuarto poder –el poder de los medios de comunicación tradicionales –prensa, radio, televisión– que  ha recibido un tremendo knockout con la estrategia del nuevo presidente de comunicarse directamente con la gente a través de las redes sociales y, concretamente, de su twiter. Tiene ya más de 30 millones de seguidores, cifra que esos medios amplifican por mil. Las 140 palabras de cada trino han producido ya serias convulsiones en la vida americana y varias crisis en la política económica antes de asumir el cargo.

 

Lo que se viene es mucho más que una caja de sorpresas, una especie de revolcón imprevisible e incierto –como el propio Trump– que podría representar un giro total en la política norteamericana, nadie puede saber si para bien o para mal. El problema es que los periodistas andan rabiosos porque Trump no habla con ellos ni se somete a las reglas del juego que siempre habían puesto ellos. Las grandes cadenas y noticieros, los entrevistadores famosos, todos claman que no es posible, que Trump está loco, que va a gobernar Estados Unidos con las redes sociales, que eso es inaúdito, etc.

 

Parte del escándalo se arma porque porque se les escapó de su control. Estaban seguros de que ganaría la Clinton, y andaban tranquilos porque el Establecimiento seguiría igual. Cuando, de pronto, las cosas salieron al revés por culpa de un tipo que jugó distinto, que usó los recursos emocionales y las redes sociales con habilidad y se ganó a   la mayoría que lo respaldó, a pesar de sus locuras, de los hechos bochornosos que protagonizó y de los ataques  y burlas constantes de que fue objeto.

 

Impasible, Trump resistió la embestida de los poderosos de la prensa y contra todo los pronósticos y encuestas  ganó la Presidencia y  ahora su poder de comunicación parece mucho mayor que el de la prensa. En cierta manera da  pena ver a los comentaristas y expertos empeñados en decir que el nuevo Presidente debería hablar con ellos, responder a sus preguntas, dar cuenta de sus opiniones, someterse al escrutinio periodístico. Y él no les presta atención porque sabe que no tienen el poder, que se trasladó a la gente, que las redes sociales democratizaron lo que antes era un coto cerrado y excluyente.

 

Y todo eso no ocurrió de la noche a la mañana, sino progresivamente, e hizo explosión el último año. Las cosas han cambiado dramáticamente y no parece que vayan a volver atrás. Ahora no hay que pedirle permiso a los directores de los medios para publicar algo u opinar sobre algo; ni escribirles cartas para que rectifiquen; basta subirlo a la red y ya está. Se amplió la libertad de prensa, la sociedad recuperó su derecho a comunicarse, que estaba mediatizado por los poderosos de la prensa.

 

Guste o no Trump, se esté de acuerdo o no con él, y vaya a hacer locuras o no, el asunto de su hábil estrategia para enfrentar a los medios, es un hecho, y los hechos no se discuten, están ahí y muy poco se puede hacer para negarlos. A veces sus críticos esgrimen los mismo insultos y exabruptos que le achacaban a él durante la campaña y como presidente electo. Pero por ahí no es la cosa. Hay que oponer razones y argumentos de peso para poder hacer una crítica constructiva. Si no, cada vez les encajarán  golpes más duros. La nostalgia del poder les va a costar mucho, pero tendrán que acostumbrarse porque se ese poder se les esfumó. Y las redes sociales se impondrán más rápidamente con consecuencias impredecibles,  porque a son una realidad inevitable e incontenible.