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Los resentidos

La definición del diccionario es muy pobre, al decir que resentimiento es “sentir pesar o enojo por algo”. Es mucho más que eso; es molestia, es amargura, es pagar a los otros con lo peor de nosotros; es pasar cuenta de todo lo que nuestro yo acumula sobre ellos como negativo; es reaccionar produciendo un malestar en los otros; es no admitir la vulnerabilidad y la capacidad de error; es falta de consideración y respeto; es rabia con los demás; es zaherir y devolver con malos modales el buen trato; es envenenar el alma y manifestarlo en la conducta; es llevar al día una lista de agravios; es no saber perdonar.

Los resentidos son maestros en el rencor y especialistas en crear tensiones y en dramatizar cualquier problema, que lo convierten en una supuesta tragedia. No le dan a la gente margen para equivocarse y así aprender de los errores. Son expertos en tomar nota de ello y recordarlo permanentemente. Su reacción suele ser malhumorada o fría. Tienen el corazón arrugado y encogido por los pesares y las amarguras. No saben recibir las contrariedades de la vida, ni las cosas desagradables que se presentan cada día.

Los resentidos abundan en la sociedad, en la familia, en la educación, en el trabajo, en la política. Padres e hijos resentidos, profesores y alumnos amargados, colegas en el trabajo que destilan malos sentimientos, políticos que, como no piensan en el bien común sino en su bienestar, todos ellos se resienten frente a todos aquellos que no les simpatizan o no comparten sus ideas.

Los resentidos no pueden ocultar su pena o su enojo con los demás. La mirada y los gestos son pugnaces y violentos. Crean un ambiente enrarecido en torno a ellos. Gritan para imponer sus opiniones y no dudan en herir con sus palabras al otro haciéndolo sentir mal. Son escarabajos carroñeros que aprovechan cualquier ocasión para escarbar lo que daña, tratando de producir dolor y sacar ventaja para ellos. Son expertos en levantar paredes que los separan de los demás.

Los resentidos no saben pasar por alto o disculpar los defectos y errores de los demás, pero no miran para nada los propios. Bastaría mirarse un poco a sí mismo para descubrir un montón de llagas.  Son expertos en establecer distancias con los otros. Son ofensivos en sus apreciaciones y ajenos a la delicadeza, al consuelo, a la bondad en el trato, a la mirada acogedora y, no digamos, al abrazo y, mucho menos, al cariño. El precio que pagan es muy caro: nadie quiere estar con ellos, aunque muchas veces hay que aguantárselos, y se van quedando solos. 

El resentido se convierte en un prisionero de sí mismo, aferrado a su visión del mundo que él ha creado, de buenos y malos, de simpatías y odios, de alejamientos y preferencias, de memoria de lo malo que hacen los otros y olvido de lo bueno. Como dice “El Principito”, “lo esencial no se ve con los ojos sino con el corazón”, y la mirada de los resentidos es inquisidora, es cuchillo que causa heridas, es “mirada que mata”.

En resumidas cuentas, los resentidos tienen el corazón entumecido y para cambiarlo habría que empezar a recorrer el largo camino del respeto hacia los demás, de la consideración y la comprensión como actitudes que hacen posible la convivencia.