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El imperio de la emoción (Jorge Yarce)

Finkelkraut escribió sobre el imperio de lo efímero. Yo hablaré del imperio de la emoción, muy cercano uno de otro. Si usted quiere ser un buen candidato a algo, haga caso de lo que le dicen los expertos en imagen: “maneje el mundo emocional” y tendrá éxito. Por eso hay personajes que salen elegidos presidentes de un país, porque emocionalmente conmovieron a los electores y con eso se ganaron a su adhesión. Luego es posible que sus ideas y, sobre todo, sus hechos, los defrauden, pero ya no hay marcha atrás. Tendrán que echar mano de nuevo de las emociones para tratar de aguantárselo ahí callados equis número de años o para protestar airadamente, emocionalmente.

Es verdad que el mundo emocional es importante y que estaba demasiado guardado en el desván de los recuerdos frente al mundo racional. Pero no tanto como se cree hoy en día cuando se llega al extremo de privilegiarlo olvidando que lo emocional sin la guía de la razón lleva a peores extremos. Una persona iracunda, pasionalmente descontrolada puede ser mucho más peligrosa que una gobernada por un cerebro frío  y calculador. Es fácil que aquella quiera golpear a su interlocutor o resolver la cosa por las buenas.

Se dice que el ser humano sólo usa el 10 por ciento de su capacidad cerebral. Pero si al otro 90 por ciento lo reemplazan las pasiones o una  afectividad desbordada, las cosas no se arreglen, sino que se empeoran porque los extremos se tocan y se produce el cortocircuito.

Lo razonable es el equilibrio mental-emocional, tan poco común en un mundo dominado por el imperio de las emociones. Pero no habrá ese equilibrio si falla el conocimiento o el razonamiento adecuado de los sucesos y las circunstancias.

A cada paso vemos la exacerbación de las emociones en todos los campos. Hay profesores que para compensar el déficit del uso de la inteligencia emocional en la educación, entregan a sus alumnos al mundo de las sensaciones, de modo que cada uno vaya por dónde lo guíen sus sentimientos, del descubrimiento espontáneo del sentir y del querer, sin ninguna orientación, sin guías ni pautas sobre la vida y, paradójicamente, el resultado, en muchas ocasiones es que esas personas no saben lo que quieren ni saben para dónde van.

Otra vez los extremos, la huida deliberada de la armonía vital. Todo con la mejor buena voluntad del mundo pero de acuerdo con una tremenda equivocación. Y el daño es irreparable.

Un predominio de las emociones da lugar al apasionamiento, a la intolerancia, a la falta de respeto a las ideas de los demás, a obrar dejándose llevar de la primera impresión, de la reacción instantánea, del impulso irracional, de la falta de serenidad para juzgar con calma personas y situaciones, a no saber escuchar, indispensable para comunicarse bien. En una palabra a tratar de imponerse porque se habla más duro o porque se grita. Recordemos que el que mucho grita no tiene razón.

Los famosos de de todos los campos, especialmente del deporte y el espectáculo son maestros en la manipulación de los públicos, que se vuelven histéricos en su presencia, y pagan para ser estimulados a su gusto y llegan a ser incontrolables; de ahí al caos hay apenas un paso.

Las redes sociales sustituyen la presencia, el contacto físico que se da en un escenario, por una poderosa influencia virtual que se puede repetir hasta crear adiciones y situaciones personales de extrema gravedad en las que se pierden los estribos y se oculta la razón.

La emoción tiene entre sus características el ser casi siempre pasajera, y por tanto no se construye sobre ella lo permanente. Su falta nos hace inhumanos, pero su imperio nos hace inaguantables. De modo que lo único que se impone es su moderación, que sólo puede lograrse ejerciendo la inteligencia.