A huge collection of 3400+ free website templates www.JARtheme.COM WP themes and more at the biggest community-driven free web design site

El profesor como maestro de vida (Jorge Yarce)

   “Dame tu corazón, y te daré ojos para ver” (Refrán  árabe)

 La universidad actual está necesitando con urgencia profesores que sean maestros de vida, que tengan no sólo alumnos, sino discípulos, seguidores de quien les comunica el saber, pero, ante todo, de quien les enseña con su ejemplo de vida, les inspira con ella que vale la pena recorrer el camino de esta aventura  a la que están llamados a responder a sus padres y a la sociedad, a la que libremente se apuntaron, y que pueden recorrer, “hacer camino al andar”, con entusiasmo, con inteligencia y con alegría de vivir, dando cada paso con la mirada puesta en sus sueños.

Sentido de una misión

El maestro de vida no  es quien logra que el estudiante pase por la universidad, sino que la universidad pase por él, penetre en su vida y la transforme. No vienen los estudiantes simplemente a estudiar y a formarse, entendiendo esto como un recibir información –la sola información no forma–, sino a cambiar, a dar un salto cualitativo en sus vidas, hacia un futuro que van a construir con sus propias manos, a transformarse, que es lo que verdaderamente forma, y lleva a un cambio de conducta y de comportamientos que conducen a obrar con bagaje intelectual, con bagaje en el corazón, con ánimo de ser y construir comunidad trabajando por el bien común. El maestro es transformador de vidas o fracasa.

La misión del profesor es hacer realidad en los estudiantes el significado profundo de la universidad –“versus unum”– el impulso certero hacia la unidad: la búsqueda de la verdad y encarnarla en la propia vida. No es una verdad para conocer, es verdad para vivir y comunicar a otros. Verdad sobre el mundo, verdad sobre el ser humano, verdad sobre Dios. A través de la ciencia y la técnica, de la filosofía y la teología, de la experiencia acumulada por cada profesor, que contribuye al acumulado institucional de la universidad, que es su cultura, su razón de ser, el conjunto de significados y valores que la configuran y le dan sentido y reconocimiento social.

Para enseñar a “buscar la unidad”, hace falta poseerla, hacerla propia, unidad de vida, coherencia, creencia, conocimiento, sentimiento, palabra y acción. “Decir y hacer” significa enseñanar a vivir aprendiendo a vivir. Eso se logra con el trabajo bien hecho, con exigencia y disciplina, con metas altas, con resultados: clases bien preparadas, clases vivas, clases de las que salgan los alumnos con ganas de más, con deseo de volver, con afán de mejorar, de saber más, de preguntar más, de buscar por su cuenta, con curiosidad, inquietud, incertidumbre o duda, no importa.

Educar no es entretener: es enseñar a vivir

El maestro de vida es todo lo contrario de un recreacionista La educación no es espectáculo, no es entretenimiento, no es “pasarlo bien”, como si supusiera divertirse,  o que las cosas sean fáciles, que no haya que esforzarse, que todo entre por la vista, que haya que poner videos y realizar juegos, o contar chistes o leer un periódico o revista, o  chatear o buscar en internet, algo para que la clase sea agradable y pase rápido. La educación entretenida se fija mucho más en las salas de computadores, en los campos deportivos, en los salones multitareas para juegos y fiestas, en la informalidad de las relaciones,  que en la disciplina de estudio, en los trabajos de investigación, en la calidad de los profesores, en enseñar a pensar,  en la creatividad, en el aprender a ser miembro de una comunidad a la que se deben los alumnos.

El dilema es caer en lo intrascendente o trascender de veras. El maestro de vida se ocupa con todas sus fuerzas en que la enseñanza sea atractiva, consistente, clara, centrada en los fines de la persona, que capacite para pensar, sentir, querer, amar, dar  servir. Capaz de resistir al consumismo invasor, al individualismo egoísta y al relativismo moral. Capaz de formar personas íntegras, con sentido claro de la vida, buenas administradoras de su libertad, con una intimidad auténtica, con riqueza espiritual, abiertas a los demás, dialogantes, convivientes y sembradoras de alegría.

Educar es “dar a luz”, sacar la forma escondida, el ser que hay en cada uno, desarrollar el potencial. El maestro de vida educa primero en la virtud como meta de una vida feliz, de una vida buena, diría Aristóteles, no de una buena vida. Eso requiere un proceso de enseñanza-aprendizaje intelectual y emocional, racional y afectivo, porque el maestro de vida tiene delante inteligencias sentientes y corazones pensantes.  Ayuda a descubrir las razones de la mente y las “razones del corazón”, y a traducirlas a vida vivida, para que haya armonía personal. Es verdad que el alumno debe adquirir conocimientos y habilidades, y  modos de practicarlos con éxito. Pero, sobre todo, que viva valores, esos bienes que perfeccionan a la persona que los expresa libremente, y que pueden convertirse en virtudes, hábitos buenos estables de vida, sobre todo de tipo moral,  que orientan la persona a hacer el bien. Y “nadie da de lo que no tiene”. Solo si el profesor los vive, los podrá comunicar.

Educar es desarrollar personas

No hay que dejarse arrastrar por los medios (tecnología, métodos, redes, audiovisuales, computadores, inglés…) y procesos. No convertirse en burócratas de la enseñanza. Burocracia es el poder del papel, de los informes, de los requisitos, de los formularios, de los manuales, de los procedimientos, de las reglas  e instrucciones, de las reuniones, de las llamadas telefónicas, de los controles (recordar que donde hay más ética, hay menos control). Ni de las agendas, las convocatorias, los exámenes, los quizzes, los trabajos en internet, el confort del aula, esa “locura de hacer y de moverse” que resta eficacia a la concentración, al estudio sereno, a la investigación seria, al pensamiento creativo, a la atención personalizada a los alumnos, a la amistad con los colegas, al hacer de la convivencia universitaria una escuela de vida.

El maestro de vida toca fondo. Se centra en las personas, no en los procesos, ni en los medios, ni en las relaciones. Trabaja a mediano y largo plazo, siembra, sabiendo que “lo que siembra, eso cosechará”. Ayuda a desarrollar personas, que es por mucho la más importante y noble tarea que humanamente se puede emprender. Lo primero que hay que preguntarse es “¿para qué estoy yo aquí?, ¿busco la verdad?, ¿cuál es la razón de ser de mi vida? ¿para qué educo? ¿qué huella dejo en mis alumnos? Las respuestas nos dirán si se educa para la excelencia o se navega en la mediocridad, si se tiene un nido en la universidad, si se tiene un trabajo que compromete corazón y cabeza, como ideal que ocupa las 24 horas del día.

Educar es alimentar las inteligencias, motivar las voluntades, remover los corazones, despertar buenos sentimientos, es generar pasión por servir, es despertar liderazgo, es suscitar emprendimiento creador, es enseñar a trascender, a ir más allá de sí mismo, para llegar a los otros, para descubrir la necesidad de ser solidario, de retribuirle a la sociedad, que ha hecho posible al alumno “educarse para los superior”, para los altos desafíos de la inteligencia, para los grandes retos del espíritu: para cambiar personalmente, cambiar la familia, cambiar  la sociedad, cambiar el mundo, en resumen, para hacer cosas grandes. El maestro de vida sabe muy bien que “el que habla de cosas grandes, está obligado a vivirlas”.

La vida solo se educa con vida

Reducir la labor del profesor a dar clases, es rebajar la profesión del docente. Gente que “por la mañana repite lo que por la noche estuvo leyendo” no le presta un buen servicio a la universidad. Como no se la prestan los “taxi profesores”, loros del saber que van de un lado para otro, para sobrevir, porque lo único que saben es enseñar (¿si será cierto que enseñan?). Cuando un profesor enseña, está expuesto, en todos los sentidos: los alumnos se fijan en él, se dan cuenta de quién es, le prestan o no atención, aprenden u olvidan lo que les enseña, lo siguen o se desentienden, su sola presencia les crea dilemas o no se dan cuenta de nada. Y no digamos si captan su ejemplo.  Enseñar es someterse al escrutinio diario de los alumnos. Lo importante es la conclusión que saquen: por ejemplo, “yo, a este, le presto atención, aprendo de él, para mí es referente en varias cosas e, incluso, me gustaría ser como él”.  

No al pesimismo, no al negativismo, no al desencanto, no a mirar amargamente la sociedad, no al rencor ni al resentimiento, no a la desesperación, no a la tristeza. Sí a la lucha constante, sí a la ilusión, sí a la esperanza, si al optimismo.  Si  a la sociedad en la que vivimos, sabiendo que nos toca hacer un aporte a ella, mejorándola, para que haya más paz, más inclusión, más respeto y confianza en las instituciones, más credibilidad en la autoridad, más participación en la vida política, más responsabilidad con la naturaleza y el medio ambiente, más conciencia de trabajar por una sostenibilidad integral, que incluya iguamente lo económico, lo social y lo ético. 

“La virtud es la perfección del hombre en un quehacer mediante el cual busca la felicidad” (Tomás de Aquino). Si no hay perfección en el quehacer no hay virtud. No puede tratarse de una acción repetitiva, cansona o falta de entusiasmo, ni rutinaria.

El cambio personal que el maestro de vida procura, empieza en el campo de las intenciones, eso que todavía no es realidad, pero que sirve de base a todo: intención de ser persona, de mejorar, de aprender, de enseñar, de prepararse para la vida. Luego viene esa deliberación sobre lo que conviene más, sobre lo que pudiera hacerse, sobre los horizontes que presenta el aprendizaje, para pasar a la elección y la decisión que compromete al profesor y al estudiante a realizar, a crear, a poner acciones que conduzcan efectivamente a la incoporación vital de lo aprendido, que culmina con la creación de hábitos estables de vida en todos los terrenos.

Lo primero: querer a los alumnos

El punto de partida es querer a los alumnos. Ahí se origina todo, ahí se empieza a ser maestro de vida. Eso supone aceptarlos como son, tratar de vivirlos (comprenderlos, entenderlos, escucharlos) desde “dentro” de ellos (poniéndose en sus zapatos) y, sobre todo, dándoles lo mejor de sí: afecto, conocimientos, tiempo, esperas; estar allí con el corazón atento, pensarlos, animarlos, corregirlos, no hacer comparaciones con otros, sembrar en sus corazones, contagiarles valores, ilusiones, ponerle buen humor a la tarea, disculpar, ser positivo, ser referente, saber perdonar y olvidar lo que no va en los alumnos, estimular sus fortalezas.

La labor docente es artesanía personal, intransferible, única. Hay que modelar como hace el escultor con el mármol o con la piedra. No se enseña en serie ni se enseña siempre lo mismo. Se enseña con la vida, a veces sin darse cuenta. El escenario aparentemente es el mismo, pero la representación es distinta. Son vidas en evolución, en edades en las que el cambio se nota. Pero hay que estar atentos y mirar a los estudiantes, con el corazón, para poder entenderlos. No clasificarlos, entre buenos, regulares y malos, no discriminarlos, no preferir a unos y descuidar a otros. La justicia de los profesores es la misma de los padres de familia: “tratar de modo desigual a los hijos desiguales”. Nada de paternalismos, ni confianzas, ni familiaridades. El maestro de vida no es el que reparte abrazos. Es a quien se siente muy cerca y en quien los alumnos se fijan por lo que es, no por lo que dice o tiene.

Es como si cada maestro de vida dijera al alumno: “yo me debo a ti, tus expectativas son mías, procura reflejar el bien que hay en mi, no mis defectos; construye tus sueños, que yo sólo soy un inspirador; estás aquí para aprender a ser feliz y yo voy a ser un acicate para lograrlo; tienes una personalidad para desarrollar, y cuentas conmigo; necesitas conocerte a ti mismo y valorarte como eres; tienes que subir cuestas difíciles, pero no estás solo; tu potencial es mucho, pero puedes aspirar a más, dar todavía más”.

Dimensiones del aprendizaje de un maestro de vida y sus alumnos:

- aprender a ser: aprender a pensar, a aprender a sentir y aprender a querer.

- aprender a trabajar: aprender a hacer, aprender a obrar, aprender a lograr.

- aprender a aprender: aprender a conocer, aprender a crear, aprender a comunicar

- aprender a emprender: aprender a admnistrar, aprender a dirigir, aprender a liderar.

- aprender a trascender: aprender a convivir, aprender a participar y aprender a servir.