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Una sociedad humillada

En aquellas que lo son, las instituciones funcionan y cumplen debidamente con su función de garantizar el respeto a las personas, a su condición de sujetos y de ciudadanos. Ese es un deber de las instituciones y un derecho de las personas. Hay humillación cuando un grupo, desde una posición de poder, excluye a otros como miembros de la sociedad que, en la concepción de ese grupo, queda reducida a los que comparten ideas e intereses”. 

Eso es lo que ha pasado en Colombia y sigue pasando todavía. Aquí la clase política humilla al resto y hace lo que le da la gana con las leyes porque el poder judicial y el legislativo están sometidos al gobierno. “Hay humillación cuando la burocracia, que se financia con dinero público proveniente de los impuestos, trata a los ciudadanos como números o como medios para los fines del gobierno”. Primero con la paz y ahora con la Reforma Tributaria, el gobierno y sus áulicos del Congreso y las Cortes no respetan al pueblo, ni le preocupan sus aspiraciones y sus necesidades: les dicen mentiras todos los días y los manipulan a su antojo. 

El gobierno fue elegido por un sistema electoral democrático, pero aquí no hay verdadera democracia, que exige gobernar para el pueblo y gestionar el bien común.  El orden institucional (Corte, Congreso, Constitución...) se sometió a las exigencias del Ejecutivo, y todos tan tranquilos, como si se tratara del país modelo, cuya fachada se protege con premios y reconocimientos a la gigantesca manipulación que hemos vivido. Es verdad que la paz merece muchos sacrificios, pero tampoco nos vengan a decir que hay que subvertir el orden jurídico para satisfacer ese deseo. Y eso fue lo que hicieron con la aprobación del proceso de paz y con la tributaria. 

Es verdad que hay que hacer una reforma fiscal, pero no una que afecte principalmente a la clase media trabajadora, sino que empiece por recortar a fondo los gastos del Estado, cosa que la actual hace tímidamente, afectando a los pobres del país. Según la hipótesis de Margalit, “la pobreza no es un fracaso de la persona sino del sistema”. Y comenta Sinay: “Las sociedades humillantes quitan autonomía a los necesitados y los acostumbran a vivir de subsidios empujándolos a dudar de su propia capacidad de autosustentación y naturalizando así su condición. Se crea entonces una dependencia perversa entre ellos y el gobierno” 

Una sociedad decente es aquella donde existe un verdadero diálogo democrático. Aquí ha quedado claro que eso no existe. No se oye a la oposición, no interesa el disenso, ni el pluralismo político. De nada sirvió el triunfo del NO en el plebiscito porque el gobierno le hizo conejo. No solo no asimiló que había perdido las elecciones y eso cambiaba todo el panorama, sino que se hizo el loco y adoptó posición de triunfador, contraria a cualquier juego democrático verdadero. Y como una aplanadora siguió para adelante y firmó los acuerdos que quería, burlando a la mayoría y afirmando que en realidad los otros no habían ganado, sino que el pueblo había sido engañado. O sea, la ley del embudo.  

En el fondo es la misma clase política de siempre que controla el poder y maneja la democracia a su antojo. No les importa el país real, sino sus propios intereses políticos y económicos. Es la mayoría pobre la que va a cargar con el peso de la reforma tributaria aprobada por un congreso arrodillado y atiborrado de mermelada. Ellos dicen que hay que aprobar la imposición del Banco Mundial, del Fondo Monetario, y del BID, q en nombre de los poderosos del dinero que dominan el mundo lo que cada país de be hacer para sobrevivir en un mundo económico sometido a las superpotencias y a los intereses de las multinacionales 

Para dialogar se necesita estar al mismo nivel, en una disposición de no sentirse más o mejor que el otro, no humillarlo ni insultarlo. En actitud de aceptación y respeto al otro, y de pensar que puede tener razón, que juntos se puede construir un proyecto común. Pero la clase política no está ni preparada ni dispuesta al diálogo sincero y total. Todos los días se ve y se escucha en los medios el espectáculo de quienes no dialogan de verdad, cada uno echando su cuento como si eso fuera la verdad, y usando las promesas vacías de un futuro mejor, que no ha llegado antes y mucho menos llegará ahora.  

En Colombia hace rato se está humillando a la democracia y desvirtuándola, porque nada tiene que ver con lo que piensa y quiere la gente. Según Margalit, una sociedad no es decente porque es justa, sino que es justa porque es decente. Su propuesta para salir de la humillación incluye como primer paso la recuperación del respeto de cada quien por sí mismo...El respeto a uno mismo es tal cuando el individuo hace que otros, incluidos los gobernantes y las instituciones, lo respeten como lo que es: una persona. Esto significa que no lo manipulen, que no le mientan, que no lo desprotejan, que no restrinjan sus derechos, que no violenten su intimidad y su privacidad, que no descalifiquen sus ideas. Es ahí donde comienza a fundarse una sociedad decente. Mientras tanto, será una sociedad humillante.